El Señor con sus manos de alfarero
edificó calladamente el mundo
que vuela por el Cosmos moribundo
cual si fuera galáctico jilguero.
A este callado y pálido viajero
de altos volcanes y de mar profundo,
le regalo mi cántico fecundo
de numen imborrable y lisonjero.
¡Oh planeta, lunar de otro celaje!
Eras tú el paraíso, la morada
de la fauna sedienta de boscaje,
pero tus hijos como mercenarios
maltrataron tu faz inmaculada,
pensando únicamente en los erarios.
¿Qué sucedió con el inquieto mar
que edificaba dunas cristalinas
y reflejaba estrellas diamantinas
y le dictaba versos al juglar?
¿En dónde está el espejo que, sin par,
desdibujando nubes peregrinas
hizo fiestas boyantes para ondinas,
y bordó con los peces un collar?
¡Ah, mar, eterno canto inmaculado!
El hombre ha utilizado tu aposento
para lanzar sus sobras, y ha dejado
como sol sin ecúmene a tus peces
que perdieron el agua y el aliento
a pesar de los ruegos y las preces.
El glauco en profusión de los follajes
que se hallaba de pájaros repletos
y cual astros cetrinos y coquetos
adornaban la faz de los pasajes,
extinguióse al morirse los boscajes
que recuerdo escribiendo mis sonetos
y adornaron con ceibas y cafetos
la desértica piel de los paisajes,
porque les chamuscaron las pestañas,
como diría un hombre en su novela,
en donde reveló cosas extrañas.
Ah, mis árboles glaucos y lozanos,
su crepúsculo obscuro es la secuela
de los actos injustos e inhumanos.
Los ríos cristalinos y premiosos
que formaban acuosas procesiones
o quizás diluidas emociones
moviendo sus caudales primorosos,
ahora son sepelios tenebrosos
por las diarias y negras poluciones
que tiñen con tristeza y decepciones
sus cabellos brillantes y copiosos.
Del sistema sanguíneo de la tierra
sólo quedan los cauces cual señales
de la vida que muere por la guerra.
Quisiera vislumbrarlos nuevamente
galopando con límpidos raudales
ajenos al humano impertinente.
El estandarte azul que presumía
un collar infinito de bajeles,
no ha vuelto a presumirnos los joyeles
con los que diariamente se vestía.
Cambió su vespertina orfebrería
por el traje de smog que los pinceles
del hombre van pintando con las hieles
derramadas y escritas, día a día.
¡Oh párpado celeste de la tierra!,
tú también sucumbiste ante el humano
que vive solamente por la guerra.
En ti también cayó la lobreguez
que te viste de tétrico pantano,
más hondo y más oscuro cada vez.
El viento que volaba presuroso
como el hálito efímero de Dios
sintió en su ser la polución atroz
que provocaba el hombre tenebroso.
Ahora el colibrí, sin alborozo,
como estrella perdida vuela en pos
de la luz que fugándose veloz
nos abisma en el cielo penumbroso,
porque el hombre mató de la Natura
la bucólica estera primorosa
actuando como otario: sin cordura.
Y la tierra al perder el estoicismo,
perdió también los pétalos de rosa
y se hundió en el sopor del cataclismo.
Nuestro mundo es ahora otro Neptuno,
sin junglas, sin océanos ni animales;
no es nada como en tiempos ancestrales,
ya no existe el edén del siglo uno.
Aquel hermoso mundo, cual ninguno,
que tenía bellezas siderales,
padeció poluciones criminales
en el momento más inoportuno.
Los robots de intelecto sobrehumano,
los castillos que llegan a la luna,
junto al conocimiento cotidiano,
marchitan la belleza de la tierra,
y dejan a sus vástagos sin cuna,
en un mundo al que el óbito se aferra.
Quiero enviar a la gente inmaculada
que aún habita límpido planeta
los versos moribundos del poeta
que vive en una tierra maltratada.
Enviar quiero mi epístola indignada
al ayer, cual mensaje de profeta,
para salvar el astro anacoreta
que en su tiempo no tiene maltratada
la cara de sublime paraíso,
porque no existe humano petulante
que gaste más allá de lo preciso.
Quiero mandar mi epístola pidiente
para ver el paisaje rutilante
en su tiempo, en el nuestro, ¡eternamente!
Fecha: 07/05/2014
Estructura: Soneto
Premio: Primer lugar en los Juegos Florales de La Democracia, Escuintla, 2018. (Compartido con otro poema)
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| Pablo Bejarano en 2014, Santa Catarina Barahona. |

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