Ciudad Vieja, en el rastro de tu historia
se esconde la verdad de Guatemala,
y en el volcán que viste de mengala
el eco recurrente de tu gloria.
Las nubes se adormecen con su albura
sobre el templo de rostro inmaculado,
y el viento que camina desbocado
acaricia tu regia arquitectura.
Si admiro tu corona de volcanes
siento cómo galopan en mis venas
los versos que jamás serán inanes.
Siento cómo, en el cráter de mis dedos,
van naciendo metáforas serenas
que nunca utilizaron los aedos.
En tus cerros, parchados por las siembras,
germina diariamente la hermosura,
y en las noches de amor y de ternura,
el triunfo de “tus machos y tus hembras”.
Por tus campos de verde inacabable
se transforma el sudor del campesino
en río que galopa peregrino
como siguiendo un mar inalcanzable.
Extasiado por verte, cada día,
siento cómo en los prados de mi mente,
va creciendo una flor de poesía,
y cómo en el turpial de mi garganta
cobra vida un poema refulgente
que al salir se eterniza y se agiganta.
Oh, ciudad peregrina de los años,
constructora de asombro en nuestros ojos,
no consiguió el pasado y sus despojos
desvanecer la gloria de tu antaño.
No ha podido el silencio más profundo
enmudecer la voz de tus tambores
que anuncian, arropados por olores,
el paso de un cortejo pudibundo.
No podrá ni París ni Barcelona
deslucir la prosapia colonial
que en tus muros antiguos se aprisiona.
Y no podrá la danza de los sismos
destrozar, de tu templo angelical,
la gloria, con sus nuevos cataclismos.
Oh Ciudad Vieja, prístina ciudad,
cómo no amar tus grandes tradiciones
si en tu feria y tus bellas procesiones
respiramos amor y santidad,
si al recitar los veinticuatro diablos
nos dejan enseñanzas perdurables,
y miramos efigies venerables
oyendo al feligrés, en sus retablos.
Ciudad Vieja, recuerdo permanente,
quiero hacerte un poema que sea digno
de ti y tu arquitectura sorprendente,
que diga lo que siento cuando veo
tu templo inmaculado y me persigno
pensando en el creyente y el ateo.
Mi ciudad de pretéritas usanzas,
mi terruño con calles de ajedrez,
mi existencia de antes y después,
mi oasis oscilante, por sus dazas.
Oh mi vieja ciudad, mi Ciudad Vieja,
adorno del quetzal adormecido
que teje con barrancos su vestido
en que el celaje entero se refleja.
Deseo dibujarte en mi canción
con tus bailes de diablos y venados
y con tu Inmaculada Concepción.
Porque también soy hijo de Hunapú,
porque observo en mis párpados cerrados
la misma historia que divisas tú.
Fecha: No registrada
Estructura: Soneto de cuartetos independientes
Premio: Primer lugar, juegos florales estudiantiles de Ciudad Vieja, 2025.
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| Pablo Bejarano en 2020 Parque Central de Ciudad Vieja |



