Yo traigo en las entrañas de mi ser
el cuerpo rutilante de la estrella
y la canción fugaz que la centella
entona cuando estamos por llover.
Yo traigo una mujer de piel astuta
que he desnudado introspectivamente
y traigo en los abismos de mi mente
un recuerdo feliz que siempre muta.
Traigo un antiguo y límpido color
con el que voy pintando, paso a paso,
un tramo más para mi triste vida,
una pirámide con esplendor,
y un sol que se desmaya en el ocaso
cuando la luna invade su guarida.
Yo, el hombre de cortejos y volcanes,
el de la catadura de poeta,
el que trae incrustada una saeta
dentro de un corazón ya sin afanes,
me veo extrañamente transitado
por la sangre que corre presurosa
entre mis venas con rubor de rosa
y entre mi corazón enamorado,
y me siento poblado por luceros,
por un lozano arbusto de albas flores
y un río de quimeras surrealistas,
por los rayos del sol, alabarderos,
por los días sangrando sinsabores
y un enjambre fatal de antagonistas.
Yo traigo agazapados en mis dedos
las falanges de versos que no he escrito
y traigo en mis palabras un proscrito
poema que revela nuestros miedos.
Yo traigo navegando en mis retinas
las montañas viajeras de la mar
y en mi alma que no sabe renunciar
los sueños de palomas peregrinas,
un naufragio de rimas siderales,
un éxodo de hormigas luchadoras
y los atlas fugaces bajo el sol,
un puñado de ocasos estivales,
mediodías que matan las auroras
y un mar en el sublime caracol.
Traigo el instinto tierno de ese perro
que se aleja de todo lo que quiere,
pues piensa que a sus amos ya no hiere
si fenece marchándose al destierro.
Traigo en mi cuerpo el reino de Afrodita
y en mi mar el vigor de Poseidón,
en mis fanales el fulgor de Orión
y en mi fe al Jesús que resucita.
Yo traigo a la sutil Venus de Milo,
la leyenda gentil de Ixmucané
y el misterio infeliz de Xibalbá.
También traigo un estambre y un pistilo,
a Cabral, a Serrat —por quien canté—
y la historia genial de Alí Babá.
Traigo el eco, en mi voz, de mil poemas
que rompen los cristales del rencor
y en mi bolígrafo un caudal de amor
que unifica a Erato y los grafemas.
Traigo lo mágico de los luceros
que se juntan estando a gran distancia,
traigo de los claveles la fragancia,
y, de los tropos, todos sus esteros.
Tengo un páramo, un bosque y un estío,
a mi padre, mi madre, a un buen hermano
y el ensueño de todo trovador.
Yo traigo mi libérrimo albedrío
que grita por el pueblo americano
cegado por la hambruna y el dolor.
Traigo dentro en mi alma lo que amo:
un sueño que se aloja en Boyacá,
un espejo azulino en Sololá
y un lirio que es cortado sin reclamo.
En mí traigo el dolor de los expósitos,
lo vil del holocausto de Jesús,
un ósculo en la ausencia de la luz
y un año nuevo lleno de propósitos.
Yo traigo en mis adentros todo el mundo,
su belleza, su edén y sus cadenas
y la estera verdosa que lo cubre.
Traigo un alma y un sueño de errabundo,
y sobre todo traigo entre mis venas
un río en el que va sangre de octubre.
Fecha: No registrada
Estructura: Soneto de cuartetos independientes
Premio: Primer lugar en Juegos Florales de Estanzuela, Zacapa, 2024
![]() |
| Pablo Bejarano en 2015 |

No hay comentarios.:
Publicar un comentario