La distancia de amor que a mi alma apesadumbra
cuando el cielo enlutado porta un vestido raso
y se encuentra invadido por la densa penumbra,
raudamente es llevada a su perpetuo ocaso
gracias al plenilunio que sonriente me alumbra
y con ramas plateadas me sugiere un abrazo;
su círculo posee geografía brillososa
y su belleza es de aljófar y de rosa.
Dime cuántas centurias, dime cuántos milenios
has vivido flotando sublime, pero inerte.
Te vieron dinosaurios, los hombres primigenios
y aún así mis ojos se deleitan al verte.
Si llevas escoltándome cerca de tres decenios
¿cómo no lisonjearte y cómo no quererte
cuando vas navegando en los viejos tejados
y acrisolas mi alma y perdonas pecados?
Cuando ya mi cabello luzca otoñal y cano
y cuando mi epidermis vea triste y plegada
y cuando nuestro epílogo ya se encuentre cercano,
tú, luna, te verás aún embalsamada
con tu arduo fulgor que es antediluviano
y con tu clara luz fresca y eternizada
como una rosa blanca, sutil y sempiterna
que nos cautiva siempre como antigua linterna.
¡Oh, mi querida luna, quiero verte en el cielo
siempre con impoluto e increíble fulgor,
quiero verte brillar como redondo anhelo
escondiendo quimeras y sueños tras tu albor.
¡Oh, mi querida luna, edén de caramelo,
yo no puedo evitar tenerte tanto amor,
pues luzcas como luzcas, en novilunio o llena,
siempre serás la hermosa musa de mi poema!
Fecha: 02/2014
Estructura: Octava real alejandrina
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| Pablo Bejarano en 2014 |

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