El libro

Todo empezó en murales milenarios

y fue evolucionando con la historia:

las páginas llenábanse de gloria

con la forma de rollos emisarios.


Luego fue cada folio colocado

uno encima del otro dando vida

a un lugar sutil en el que anida

todo el conocimiento encuadernado.


Las materias, las artes y las ciencias

encontraron un nido sempiterno

en la forma del libro y del cuaderno

para que descansaran sus herencias.


Los griegos, los egipcios y los mayas

también tuvieron su versión del libro,

obras sublimes con las que equilibro

frente a esta ignorancia mis batallas.


El Popol vuh, La Biblia y los Puranas

santifican su forma donde sea.

Torotumbo, el Quijote, la Odisea

enaltecen sus formas puritanas.


Ya Borges en su eclipse ha imaginado

el Edén con cariz de biblioteca,

pues presentía en la “penumbra hueca”

que el Edén es un libro eternizado...


Aunque perdió diversos ejemplares

en el incendio atroz de Alejandría,

construyéndolo siguen día a día

las manos de cuentistas y juglares.


Garcilaso, Cervantes y Virgilio

le confiaron al libro en su mixtura

el polen sacrosanto de cultura

que erigía, con penas, un exilio.


La Divina comedia y El amor

en los tiempos del cólera son de esos

innumerables nombres y sucesos

que marcaron al libro difusor.


Y muchos manuscritos que no vieron

los ojos del lector ni la editora

son la parte del libro que decora

incógnitas que nunca se rompieron.


¡Quién fuera como el libro que nos cuenta

con su negro archipiélago dolores,

tragedias, odiseas y colores,

macondos rebosantes de tormenta!


¡Quién fuera como el libro, amigo mío,

que por siglos añeja a la escritura!

¡Quién fuera como el libro que perdura

después del comején y del hastío!


Cuando las alas abre a la mirada

mundos desconocidos se aproximan

con palabras versátiles que riman

y prosa que se muestra inmaculada.


Cuando cierra las puertas al olvido

en la librera sueña con fervor

que las manos curiosas del lector

abran su continente estremecido.


El hombre muere, y sin embargo, queda

en un libro la voz de su latido,

ya sea porque ha escrito o ha leído

una historia en sus páginas de seda.


Atlas, constelaciones, florilegios,

aforismos, pinturas, ecuaciones,

historia, logaritmos y canciones

han poblado sus folios albos, regios.


Y siempre consiguió satisfacer

el gusto de los ojos más curiosos.

Sus páginas son brazos venturosos

que abrazan la grandeza del saber.


Sus pájaros impresos en la albura

consuelan con su vuelo el corazón

que late con la fuerza de un ciclón

y muere por la falta de ternura.


Las noches nos parecen más amenas

rozando con miradas entusiastas

el manjar que dormita entre las pastas

de un libro que nos trae cosas buenas.


Los misterios más grandes del planeta,

la más intensa y fiel filosofía,

los mapas que nos da la astronomía,

el canto y el dolor de algún poeta,


los conocí por libros y epistolios.

!Qué invento más precioso de la idea,

hacer de la cultura una presea

con un lomo, dos pastas y mil folios!


¡Qué manera elegante de estibar

pensamientos, ideales y conceptos,

de ganar por el mundo mil adeptos

sedientos de leer y de estudiar!


No, no importa su génesis sagrado,

sus edades y menos su volumen,

solo importan los signos que en cardumen

nos nutren y enriquecen a su lado.


Bendita la creación por la que vibro

al deslizar mis ojos por su faz.

Bendita la creación más eficaz

que hemos nombrado con amor el "libro".


Fecha: 02/11/2016

Estructura: Cuarteto 

Libro: La resurrección del verso 

Pablo Bejarano en 2019.


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