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La juventud y algo más

Cuando el sol rubicundo rutilaba 

allá cuando el estío,

yo ecuánime en el mundo transitaba 

rebosante de hastío,

sin saber valorar lo que el entorno 

daba a mi juventud,

mas cuando el cielo tuvo gris adorno

y reinó la acritud,

evoqué nuestro sol incandescente

y también el verano, 

porque estaba cercano

el final como puño de serpiente...

Y lloré con las lágrimas del cielo 

las ausencias del sol

y le pedí al frío que su velo

le permitiera el paso

de nuevo al arrebol.


El verano volvió, lo valoré,

pero después sentí añorar la lluvia,

entonces comprendí 

que en este mundo cada cosa es bella:

el cielo carmesí 

y el invierno regando sus estrellas.


El tierno amanecer 

es bello por su luz de sol oculto,

igual que la niñez 

donde cualquier acción tiene su indulto.

Es hermosa esa etapa,

es umbral de la vida 

y del camino en donde nos espera 

un escabroso mapa.

No existe ahí quimera 

que resulte fallida.

La niñez es un río de inocencia 

y de pingüe terneza, 

en ella finca siempre su presencia 

la divina pureza.

El niño es un querube albo e inédito,

emisario de Dios,

es un ser con el júbilo congénito 

que nunca más se pierde.

¡Oh, amada niñez, que te fugaste!

fuiste la primavera 

y trajiste inocencia rutilante 

y ondeaste como límpida bandera, 

porque eres el inicio 

de la metamorfosis imparable 

que termina en la muerte perturbable 

en donde un precipicio 

eterno nos deglute y nos disipa;

tú eres en el alma 

la risa con que siempre se emancipa 

en los sueños la calma...


Es bello el mediodía 

como bella y sutil la juventud,

con tanta algarabía 

y tantos que se van en ataúd. 

Es cenit de la vida

es fuerza y alegría que emociona 

el alma destruida

que ya casi con nada se impresiona.

Juventud es mi ahora 

y la deidad de las conmutaciones,

en ella el vigor mora 

y es verano de nuestras estaciones,

es para enamorarse 

y el septeptrión sutil de los anhelos,

ella es para aferrarse 

a brechas que conducen hacia el cielo.

Ser un mancebo es ser el pretoriano

que siempre esquiva las penalidades,

ser aquel que respeta a los ancianos 

para obtener de viejo las bondades 

de los jóvenes nuevos.

Oh, juventud ambigua, 

eres donde se labra el porvenir,

las glorias atestiguas 

y nos enseñas cómo sonreír 

con lapsos de frescura,

y voluptuosidad das en las noches 

aunque tú no perduras,

mientras vives nos das felicidad 

libre de parangón

y amores que carecen de lealtad.

Juventud, en tus brazos entreveo

la gloria sempiterna de mi vida.


En el ocaso siempre algo fenece 

y a pesar de ser fin

con sus colores almas enternece

-las almas y el jazmín-

es así la vejez donde caduca 

el cuerpo y la esperanza,

ahí es donde la vida nos permuta 

y nos hace añoranza.

Oh, inminente vejez,

tiempo de despedirse para siempre,

de andar en lobreguez 

en caminos, quizás, de no vidente;

no sé si llegaré a padecerte

-al menos eso espero-

¿pero cómo dejamos de temerte 

si vas rumbo a la muerte con esmero?

Ser viejo significa 

fungir como mentor,

ser quien sabiduría les predica

a quienes hoy emprenden 

la estrada del amor.

Oh, vejez preceptiva,

eres la ineluctable

y perpetua partida,

mas yo te enfrentaré 

y con la frente altiva

para aceptar feliz la despedida.


Me gustó la niñez 

por toda su inocencia,

porque da la sandez 

y nos envuelve en prístina cadencia,

también la juventud

por su locura linda, inamovible,

por dar su pulcritud

para hacer nuestro júbilo asequible,

y también la vejez me gustará

por fungir como vano

al derrotero de la eternidad.


Fecha: 08/01/2014 

Estructura: Silva

Pablo Bejarano en 2014.




Cuando muere la esperanza

Si tú sintieras estas cosas bellas que siento cuando el sol se debilita, si tú también miraras las estrellas pensando que mi nombre ahí levi...