Tengo el recuerdo de la pluma extinta
que erupcionó un enjambre de poemas
y bordó con sublime y negra tinta
mi dolor, entre folios y grafemas.
Tengo dos cielos blancos habitados
con sueños convertidos en canción
y poseo sonetos coronados
con un brillo sutil de inspiración.
Yo le canto a la luna que en su viaje
desdibuja fronteras y rencores
mientras viste de brillos el paisaje,
al sangriento desmayo que en el cielo
inventa con las nubes nuevas flores
imitando el jardín de nuestro suelo.
No tengo una morada, sí un planeta,
tampoco tengo un techo, tengo un cielo,
que con brillo viajero de cometa
le dibuja pestañas al desvelo.
Poseo un arsenal de nuevas risas
que ayudan a salvarnos de maldades,
un conjunto de églogas concisas
que llenan mis silentes oquedades.
Dos perlas incrustadas en mi faz,
en mi boca un collar níveo de hadas
y en mi alma un río diáfano de paz.
Tengo fortunas y no tengo oro,
por eso mis ideas son sagradas
y escucho, de los ángeles, el coro.
Poseo el patrimonio más valioso
porque tengo personas a mi vera,
los versos de un poema primoroso
y un país de perpetua primavera.
Poseo un aeropuerto para musas
en mi mente que siempre está esperando
el río de las églogas profusas
siempre presentes cuando estoy llorando.
Tengo una bicicleta peregrina
que derroca a mi triste soledad
con su trotar de luna alabastrina
y también tres volcanes colosales,
la más grande y valiosa libertad
corriendo por mis venas a raudales.
Tengo muchos caminos por andar
descubriendo montañas, viendo el río,
observando los brazos de la mar
y los lirios lozanos del estío.
Tengo el pan necesario en las mañanas
para vencer la hambruna que me aqueja
forjado en las acérrimas entrañas
del padre que me adora y me aconseja,
las noches consagradas a mi vida
para leer los libros más preciados
que me dejan el alma estremecida,
también una ilusión de vano amor
que se nutre de llantos desbocados,
de angustia, de tristeza y de dolor.
Tengo el viento rozando mis cabellos,
las nubes como témperas de ocaso,
la sangre celestial de los plebeyos
y la alquimia final para el fracaso.
Tengo un desfile mágico de instantes
amorosos, felices y confusos,
un puñado de versos que boyantes
han quedado en mis páginas, reclusos.
Lo que tengo me da felicidad,
lo que me falta en cambio da ufanía,
por eso yo poseo libertad,
y por eso es que soy hombre dichoso,
porque encuentro a mi paso, cada día,
un paisaje perínclito y hermoso.
Tengo el sol con sus ríos incendiados,
los ríos con sus soles diluidos
que opacan los diamantes codiciados
y también los rubíes más queridos.
Si formo con las nubes romerías
que vuelan por el cielo con su gracia,
para qué quiero las bisuterías
si no traen más cosa que desgracia,
para qué los joyeles donde el oro
imitar no consigue al girasol
por mucho que lo intente, con decoro,
para qué las mansiones más suntuosas,
si voy a estar aislado como el sol,
alejado del mar y de las rosas.
Yo me rehúso a ser un prisionero,
ya no quiero vivir con fatuidad,
en un mundo repleto de dinero
donde todo es rencor y soledad.
Cuando hay cosas sencillas y complejas,
las complejas deslumbran la mirada,
porque ellas nos cautivan en las rejas
del oro, prometiendo que la amada
en nosotros pondrá sus ambiciones.
Yo tengo propagadas en mi mente
las rimas que entretejen ilusiones.
Poseo los consejos que he leído
en un libro de pasta casi ausente,
dichos por el maestro más querido.
Tengo un íngrimo y pulcro corazón
que dice, en clave morse, "sigo vivo",
y alimenta mi musa y mi ilusión
y mata mi deseo subversivo.
Tengo el bosque poblado por horneros,
la pluma que ha bordado madrigales,
un conjunto de viejos cancioneros
imitando el trinar de los turpiales.
También tengo la mágica alegría,
superior a la muerte y la tristeza,
un estribillo eterno en la elegía,
los restos de mi vieja soledad,
un destello borroso en mi destreza
y todo lo que da tranquilidad.
Poseo dos cascadas sobre mí
cuando los sueños vanos se diluyen,
el Parnaso llamado baladí
por aquellos que símbolos no intuyen.
El viento fusilando mis ventanas,
la hojarasca que huérfana de vida
va cantando las penas cotidianas
del alma maltratada y abatida,
el correr de libérrimos ideales
que marchan por los mismos derroteros
donde vuelan, exentos, los quetzales.
Teniendo tantas cosas, mi humildad
no ha caído en barrancos altaneros
que provoquen su muerte, sin piedad.
Esto forma, lectores, mi fortuna,
la que no es aparente, sino es real,
la que obtuve mirando hacia la luna
y tocando el helado vendaval.
Yo poseo un tesoro en la pobreza
porque tengo un hermano y tengo un hijo
y a aquel que un día dijo: "la riqueza
sólo está donde existe el regocijo",
y también una lid contra el momento
que se va, como río cuesta abajo,
y la estrella tapada por el viento,
los reinos de Natura y Salamanca,
la campana que mece su badajo
y el hombre descubriendo la palanca.
Si poseo las lluvias de septiembre,
la tórrida naranja del estío,
los vientos alfareros de noviembre
y diciembre con bálsamos de frío.
Teniendo las alfombras del otoño,
el rubor de la nieve en los volcanes,
lo trémulo de un ósculo bisoño,
la hermosura fatal de los afanes,
de qué puede servirme la fortuna
o una clase social poblando nubes,
si no puedo bañarme con la luna,
para qué voy a ir tras la moneda
si mi exilian del cielo los querubes
y me pudro fundido con la seda.
Con la simplicidad de nuestra vida
pude ver el valor de lo trivial,
supe que la fortuna está tendida
en el río, en la jungla y el erial,
y el dinero genera los prejuicios
que infectan al humano de ambición,
y el dinero es causante de los vicios
que pudren el más noble corazón.
Por eso ofrendo a Dios mi gratitud:
por haberme brindado en cada instante,
de riquezas sencillas, un alud,
también por regalarme sensatez
y la dicha de hacer un desbordante
canto de poesía y sencillez.
Fecha: 08/11/2014
Estructura: Soneto de cuartetos independientes
Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Salamá, Baja Verapaz, 2019
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| Pablo Bejarano en 2014 |