Cuando empezaba a conformarse el mundo,
Dios hizo, con sus manos de pintor,
un paisaje erizado de fulgor
llamado Amatitlán. De lo profundo
de sus aguas, sus cerros y boscajes,
emerge la silueta del Pacaya
con su aspecto de tórrida atalaya
para apuñalar todos los celajes.
La mezcla de lo azul y lo cetrino
que se duerme entre el lago y las montañas
construye asombro en cada peregrino
que ha venido de lejos a observar
cómo guarda la tierra en sus entrañas
un fragmento esporádico de mar.
Y después fue adornado con la gente
y con la magia del funicular,
donde el turista sube a divisar
el color de esperanza y mar ardiente.
Edificaron en su antigua vera
el hermoso Castillo de Dorión,
para brindarle al vate inspiración
con la Edad Media y con la primavera.
Entonces pudo verse sobre el lago
un madrigal de rima consonante,
hoy malherido por el mal aciago
que a sus bellas ondinas aniquila;
por eso, hermanos, es preponderante
conservar lo que aprecia la pupila.
Desde ahí puede verse la hermosura
de la verde Laguna de Calderas
que, en su acuático aljófar de quimeras,
lleva la poesía y la ternura,
lleva el numen de cada peregrino,
de mi mente y mi mano de trovero,
y se hunde en el largo derrotero
del poema y su rítmico destino.
Y podemos mirar la tradición
cuando en el lago va el Niño de Atocha
derramando su paz y bendición
en todos los que buscan, con la fe,
encaminar su alma por la trocha
en donde alguna vez caminaré.
Amatitlán es gloria y paraíso,
es cuna de crepúsculos dorados
y deja nuestros ojos extasiados
cuando el viento da vuelta en su carrizo.
Su volcán es eterno centinela
de jóvenes, de niños y de viejos
y en su rostro se tienden los reflejos
del crepúsculo suave y su acuarela.
Sus ocasos son bella orfebrería
acostada en los cúmulos viadores
y sus mañanas son de poesía,
sus noches un resumen estelar
y sus aguas el llanto de las flores
que tienen la fortuna de llorar.
La procesión que va sobre las olas
siembra ilusiones en su itinerario
y le brinda sonidos al breviario
de las personas que se sienten solas,
va sembrando milagros en las almas
de su pueblo y de toda la nación
y la gente demuestra devoción
dibujando un capullo con sus palmas.
Amatitlán es gloria y es edén,
es la obra maestra de Natura,
resplandece al compás de su vaivén,
el vaivén que tomó de los follajes
y es la danza premiosa que perdura
coqueteándole a todos los celajes...
Amatitlán, no existen adjetivos
para expresar la magna excelsitud
que se desborda como inmenso alud
de paisajes hermosos y festivos,
y no existe poema lisonjero
que logre darle rima a tu hermosura,
porque resulta poca la ternura
que pudiera mostrarnos el trovero
cuando se trata de escribir por ti.
En tu paisaje glauco se condensa
el vuelo pertinaz del colibrí,
los parajes que mira el azacuán,
el universo y su extensión inmensa,
porque eres un crisol, Amatitlán.
Fecha: 19/02/2014
Estructura: Soneto de cuartetos independientes
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| Pablo Bejarano en 2016 Lago de Amatitlán, Guatemala |

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