Miedosas y esporádicas las aldeas rurales
lograron apartarse del hostil modernismo,
porque el hombre ambicioso, por epicureísmo,
edificó metrópolis sin paz, sin arrabales.
Las maldades del hombre, que fueron colosales,
pusieron el encono encima del altruismo
y el humano cayó allende el narcisismo
y se olvidó por siempre de los actos morales.
El hombre tejió llamas en todos los boscajes
y se bebió la mar en sorbos sorprendentes,
pintó color de plomo los dorados celajes
y declaró, por oro, cruentas conflagraciones
que trajeron suplicios perpetuos, inminentes,
en los inmaculados y blandos corazones.
Las mujeres vendieron su cuerpo en lenocinios
y fingieron amor vestido de añoranza.
En todas las ciudades veían como usanza
las muertes, los estupros, también los latrocinios.
El hombre perpetró atroces exterminios
contra la flora y fauna que daban esperanza
y ahora sólo quedan en nuestra remembranza
dibujando un pasado viudo de vaticinios.
Cometieron vejámenes y tuvieron furor
edificando así un atroz universo
do nadie recordaba la bondad y el pudor
y todo parecía un acre lupanar,
un infierno perpetuo, un castillo perverso,
al que la tiranía no pensaba abdicar.
Fue entonces que Natura y el Señor, indignados,
optaron por limpiar lo espantoso del mundo,
haciendo del humano un ángel pudibundo,
exento de sofismas y recuerdos malvados.
Hubo pocos humanos por ellos perdonados
al tener un espíritu que latía infecundo
de pensamientos malos y encono tremebundo
que haría de este orbe, un orbe desgraciado.
Afloró nuevamente la vida primitiva
cuando se marchitó la ciudad inclemente
gracias a la Natura de mano combativa
y a todos los humanos que habían subsistido
con la risa en los labios brillando nuevamente,
sin la modernidad que los había herido.
Las selvas constelaron de nuevo continentes
y los mares profusos nuevamente fluyeron,
los impolutos ríos con rapidez corrieron
por las glaucas estepas, con límpidos torrentes.
Los bellos animales vivieron adyacentes
a las verdes montañas en donde guarecieron
cuando los verdes árboles de nuevo florecieron
con sus frescos, acérrimos y lozanos simientes.
Todo fue otra vez un arrobante edén
cuando el mundo vivió el hermoso reinicio
que lo hizo marchar por un novel andén.
El hombre botarete ya no reinaba más,
ahora gobernaba un cerebro propicio
que andaba de la mano del amor y la paz.
Pasó el tiempo y el hombre pudo retroceder,
dejando de vivir en completa anarquía,
ya no hizo del júbilo una horrible utopía
y la felicidad no dejó perecer.
Y todo nuestro mundo de nuevo pudo ser
el universo donde reinó la poesía,
la prosa cadenciosa y la filosofía
para cantarle al viento, al río y la mujer.
Era conmovedor y tierno escudriñar
el árbol como enseña de la bondad humana
tiritando a lo lejos como oleaje de mar
y observar los océanos, bellos y acariciados
con manos transparentes de danza cotidiana
provocando volcanes fugaces y azulados.
Era conmovedor ver cómo se acendraban
los nimbos y los cúmulos de rostro alabastrino
y poder percibir de las aves el trino
que viajaba, como ellas aleteando viajaban.
Ver los ríos premiosos cómo se deslizaban
con figura de crótalo hermoso y peregrino
y ver que en el aljibe un viejo campesino
sentía que los sueños de nuevo regresaban.
El ambiente bucólico resultaba perfecto
para cantarle al fin a la estrella coqueta
el sentimiento onírico de un anciano insurrecto
y escribirles parvadas tiernas de madrigales,
juntando el estro eterno del eterno poeta
a las ceibas, los cedros, los pinos y nogales.
El mundo caminaba rumbo a la perfección
no había gente rica ni gente pobre había
porque lo que afloraba era filantropía
en cada ser humano, en cada corazón.
Pero luego un inicuo y nocivo aluvión
de ideas inmorales y falsa valentía,
crearon en el hombre la atroz cicatería,
las ansias de poder, el alma de patrón
y el planeta tomó otra vez la tendencia
de aquella pervertida era de vejaciones
que por desobediente miró su decadencia
y ofendieron la muestra de amor y de bondad
que Dios les concedió, según sus intenciones,
para que abandonaran su inútil fatuidad.
Aunque la paz cetrina era la emperatriz
de aquel inmaculado y sorprendente mundo,
el amor celestial, el amor pudibundo,
volvió a sentir dañada su bendita raíz.
El humano extravió su arcoíris feliz
cuando su corazón volvióse a ver fecundo
por el comportamiento lacerante e inmundo
que cambió de la tierra el boyante cariz.
Hizo que las ciudades de inmensa latitud,
aquellas poseedoras de un áspero semblante,
resucitaran como grisáceo y pétreo alud
y que la tiranía en la psiquis humana
resurgiera también de forma semejante
a la de la macabra era antediluviana.
Ahora, nuevamente, asesinan los ríos
y convierten las junglas en terribles eriales,
porque están construyendo ciudades colosales
igual que hace millones y millones de estíos.
Para satisfacer sus profusos hastíos
volvieron a cazar inermes animales
y emulan de esa forma los actos ancestrales
de aquellos hombres necios, inconscientes e impíos.
Dios, apesadumbrado y con llanto, vislumbra
que cometiendo ahora los antiguos errores
la gente queda inmersa en su propia penumbra
y ve con ojos tristes que el mismo resultado
de hace años opaca las aves y las flores
porque por la maldad la paz ha terminado.
Por eso es necesario, hermano, enderezar
la mala dirección de este triste camino
que deja nuestro mundo ajado y mortecino,
sin selvas, sin oteros, sin vegas y sin mar.
Porque si la Natura decide castigar
y conspirar unida al Monarca Divino
sufriremos también el trágico destino
que acabó con el hombre sediento de lucrar.
Vivamos armoniosos respetando a Natura,
sin guerras, sin encono entre amigos y hermanos
obedeciendo siempre la voz de la cordura.
Quizás así acabemos con nuestro sufrimiento
o, al menos, descifremos los tétricos arcanos
de esta vida que dura lo que dura un momento.
Fecha: 29/11/2013
Estructura: Soneto alejandrino
Premio: Primer lugar en los Juegos Florales de La Democracia, Escuintla, 2018. (Compartido con otro poema)
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| Pablo Bejarano en 2013 |

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