¡Me declaro culpable, señoría!,
por dispararle al burdo presidente
mi reproche, mi llanto, mi elegía;
culpable por llamarle delincuente,
y denunciar, al fin, su tropelía;
por maldecir su vida impertinente
que tala nuestras pobres ilusiones
con todos sus amigos, los ladrones.
¡Culpable!, si delinco al contender,
y al buscar cumplimiento en el derecho
del párvulo, del hombre y la mujer;
culpable por sacarme aquí del pecho
los versos que no dejan de crecer
al ver que mi país está desecho
por el triste sudor del campesino,
y la angustia mensual del inquilino.
Y cómo no decir lo que aquí digo,
si mientras él disfruta de opulencia,
el Pueblo sufre penas de mendigo;
y cómo no caer en la demencia,
si haciéndose pasar por nuestro amigo
ha dejado crecer la delincuencia
que se roba el erario de la gente
y nos deja con vida de indigente.
Él, rodeado por nubes de dinero,
se olvida de los niños sin hogar,
del cansancio feroz del jornalero,
del maldito que piensa extorsionar
al piloto que viaja entre lo austero,
pues se le van los días en robar
olvidando al terrible talador
que deja sin parientes a la flor.
No sé si en el futuro me comprenda
y acepte que el dinero es una rosa
usada solamente como prenda
para un alma vacía y ambiciosa;
no sé si necesita una contienda
para olvidar su vida venenosa,
y dedicar su tiempo a la bondad,
alambicando paz y santidad.
Que de paso también la aristocracia
entienda que su tétrico dinero
es el padre mundial de la desgracia;
que es necesario un cambio verdadero
para que reine, al fin, la democracia,
y en el río de tiempo venidero
no existan otra vez clases sociales
ni moradas suntuosas ni arrabales…
Antes de condenarme, su excelencia,
sepa usted que no soy un comunista,
pues todos se gobiernan con demencia,
con un ensueño falso y arribista;
sepa que no comparto la creencia
de surcar todos juntos una pista,
porque el caudillo al verse millonario
se olvida de la gente y su calvario.
Atrapan el poder con sus patrañas,
maldiciendo a los crueles dictadores,
mas llevan avaricia en las entrañas
igual que la llevaban los señores
que hace tiempo tacharon de alimañas;
prometen darnos paz, comida y flores
pero solo nos dan un vendaval
de tristeza profunda, sin final.
Hay quien muestra aparente indignación,
y se viste en la calle de caudillo
que lucha por el pueblo en su canción,
mas solo beneficia su bolsillo,
y busca, cada día, la ocasión
para hacer más hermoso su castillo
y agrandar y agrandar esa riqueza
que odió tanto al estar en la pobreza.
Ellos usan al Pueblo soñador
como una escalinata hacia la gloria,
después el adalid es dictador,
y empieza a ser tortuosa nuestra historia;
se percibe otra vez devastador
el camino sangriento de la euforia
y de nuevo se apagan los fulgores
y se encienden los tétricos dolores.
Y cuando su figura ya se esboza
alegre en el balcón presidencial
su falsa ideología se destroza,
y muestra su cariz dictatorial
y la vida de nuevo en su carroza
de tiempo exhibe un régimen fatal
que borra los rescoldos de la vida
que hace tiempo creímos prometida…
Ojalá los caudillos se hagan buenos,
pues es peor el villano disfrazado
al hombre que en sus tercos desenfrenos
se declara ladrón y descarado;
ojalá no regresen los venenos
y sea promisorio nuestro hado,
sabiendo que no hay más ideología
que una vida feliz en armonía.
Fecha: 07/06/2014
Estructura: Octava real
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| Pablo Bejarano en 2015 Museo de Armas, Antigua Guatemala |

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