No sé cuándo heredé de algún bosque nuboso
un halo de nostalgia y un color de tristeza,
ni cuándo me legó el cielo tenebroso
el gusto de extrañar la luz de tu corteza.
Pero tengo presente cuándo se ahogó en mis manos
la grandeza del verso y la voz del amor:
fue allá cuando los días en que anhelos insanos
se llevaron tus pétalos para orlar otra flor.
A veces me hace falta escribir y escribir
para encontrarle al viento la forma de tus dedos,
para saber si puedo empezar a fingir
que mi desamor es el mejor de los credos.
Mas eres como el ruido que al marcharse nos deja
un caudal de silencio ocupando el ambiente,
y como el huracán que envuelve en su madeja
la paz de algún océano relajado y silente.
Por eso te has llevado trenzado en tu cabello
el verso que no he escrito y parte de de mi vida;
parece que el silencio es el tétrico sello
que marca a los poetas después de una partida.
Hay días que no sé a quién llama mi ser:
si a la fuerza bendita que movía mis manos
cuando versificaba, o a la ingrata mujer
que se marchó dejándome inviernos y desganos.
Lo cierto es que hoy en día se hicieron dos pronombres
del nosotros aquel que no conjugó el verbo;
hoy tu rostro divino persiguen otros hombres
y yo rondo otros cuerpos con instinto de cuervo...
Pero esperaré siempre, anhelante y ansioso,
encontrarte de nuevo, mi delicada gema,
para ganar en otro encuentro venturoso
un beso, o por lo menos, un último poema.
Año: 20/07/2016
Estructura: Serventesio alejandrino
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| Pablo Bejarano en 2016 San Pedro la Laguna, Sololá. |

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