Me adueñé de su boca aunque tenía dueño,
pero ella se adueñó de mi efímero ensueño.
Yo no puedo aceptar que le llamen delito
al amor que florece sobre un amor marchito.
Tenía dueño, es cierto, mas no tenía amor
y en mis labios borró su llanto y su dolor.
Y si algunas estrellas tienen muchos planetas,
¿por qué no dejar que ella tenga varios poetas?
Yo preferí anclar en su playa poblada
que andar a la deriva con mi alma abandonada.
Y ella me dio consuelo con sus olas benditas,
obedeciendo el sí que vi en las margaritas.
Ella dividió en dos su hermoso corazón
y en ambos hemisferios colocó su pasión.
Aún no entiendo cómo los besos del pecado
me dejaron feliz, tranquilo, enamorado.
¿Será porque los ríos se deslizan mejor
en cauces subterráneos que ocultan su fragor?
Ella tenía dueño y boca prohibida
y sin embargo ella gobernaba mi vida.
Era también el fruto del árbol del Edén.
Yo era su adán y ella la eva de mi harén.
Yo no sé si es delito el amor compartido,
si es pecado tener dos aves en un nido.
Solo sé que en sus brazos hallé mi paraíso,
y en la lluvia su pelo tenue, diáfano y liso.
¿Y por qué condenarla por compartir su amor
si es tétrico el jardín con una sola flor?
¿Desde cuándo la mar recibe sólo un río
y el sol nos da su luz tan solo en un estío?
Su belleza es tan grande como el cielo y el mar
y en dos almas sembró la simiente de amar.
Por eso yo no puedo decir que estoy contrito
por viajar en sus besos al placer infinito.
Aunque éramos amantes ya no existía el mundo
al quedar sumergidos en nuestro amor profundo.
El sabor clandestino de todos nuestros besos
nos hacía viajeros aunque estábamos presos.
Y aunque ella decidiera sacarme de su vida,
ya nunca más podría cicatrizar la herida,
pues cuando se desarma algún rompecabezas
al rearmarlo ya no quedan firmes las piezas.
Era la estrella ajena en mi cosmos vacío,
y yo el riachuelo intruso en cauce de otro río.
Éramos delincuentes en la ley del amor,
pero el delito es bello si es del campo y la flor.
Sin embargo la amaba y le era siempre fiel,
aunque pasara todos los inviernos con él.
Yo la amaba y no sé si ella me amaba a mí,
si la flor con el viento comparte al colibrí.
Era un amor arcano nacido en lo furtivo
y por bello y oculto resultaba nocivo.
Era un amor manchado por un dolor ajeno,
mas por ser de diamante se salvaba del cieno.
Ella ha sido inocente en este amor inviable,
donde mi corazón es único culpable.
Fecha: 29/09/2015
Estructura: Pareado francés
Libro: La resurrección del verso
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| Pablo Bejarano en 2017. Salcajá, Quetzaltenango. |









