Ojos de esmeralda

Mirar cómo navegas en la boga

vestida de belleza y perfección

y exhalar un suspiro de emoción,

es el cuento terrible que me ahoga.


Soñar con tus pestañas infinitas,

con tus labios de rosa sempiterna,

soñar con tu mirada que se invierna,

se volvió mi odisea favorita.


Ver en las pasarelas tu figura

como una romería de embelesos,

poco a poco me roba la cordura.


Anhelar el almíbar de tus besos,

es triste, cuando veo en tu cintura,

un encanto que a todos deja presos.


¿Cómo hacer que tus ojos soñadores

vean mi faz, escasa de hermosura?

¿Cómo hacer que tu blanca arquitectura

se estremezca con versos y con flores?


¿Cómo hacer que dirijas tu mirada

al puerto donde viajo con mi pena?

¿Cómo puedo traerte a la verbena

donde serías reina inmaculada?


¿Cómo hacerme notar en la jauría

que camina detrás de tus encantos,

si tan sólo poseo poesía,


sin son pocas las rimas de mis cantos

para hacer que florezca tu alegría

como lo hacen los bellos amarantos?


Cuántas veces tu rostro de esmeralda

se adornó con ciruelas en la boca,

cuántas veces tus labios en la copa 

bebieron al ganar otra guirnalda,


mientras solo veía tus retratos

disparando suspiros en el viento,

deseando que viniera ese momento

cuando todos los besos fueran gratos.


La selva de tus ojos me fascina

y la piel delicada de tu espalda

es la brecha triunfal donde camina


el sueño inverosímil que respalda

la magia de tu boca alabastrina,

la gracia de tus ojos de Esmeralda.


Fecha: 07/05/2015

Estructura: Soneto de cuartetos independientes

Pablo Bejarano en 2015


Canción a Dios

Ya le he cantado a todo el universo:

a las nubes dormidas en la mar,

a los amaneceres en el lar,

al aguacero rítmico del verso,


a la beldad de un rostro suave y terso,

al amor infeliz del lupanar,

al sueño que no pude realizar,

pero en mi mente sigue estando inmerso.


Con amor le canté a la musa Erato,

a la fuente inmortal de mi dolor,

a la ternura inmensa del neonato,


a la ilusión que sufre de maltrato,

a los nimbos platóricos de albor,

al pasado dormido en un retrato.


Le he cantado al suplicio y al placer,

al intersticio que vetó los besos,

a las cuentas que caen por decesos,

a las pestañas del amanecer,


a todas la campanas sin tañer,

al baile sin canción de los cerezos,

al portal que se abre con bostezos,

a la sonrisa fresca de mujer.


Ya le he cantado con dedicación

al invierno y su hiel de celibato,

al jardín bicolor de inspiración,


a los fiascos que da la emulación,

al oro que al crepúsculo hace grato,

al sonido triunfal de la canción.


Con palabras que llevan ilusión

le he cantado a la flor y su corola,

al penacho canoso de la ola, 

a los besos henchidos de pasión,


al valor que hay en cada concesión,

a la luz prisionera en la farola,

al la luna de argento y a su aureola,

al erguido volcán y su erupción,


le he cantado al cometa peregrino

que le dibuja cejas a la luna,

a mi perfil antiguo y aquilino,


al fuerte sufrimiento del bobino,

al desierto rayado por la duna,

al celaje dorado y vespertino.


Le he cantado a bandadas y a quimeras,

al cuerpo impredecible de la nube,

a las alas barrocas del querube,

a las olas de viento en las banderas.


Como Hamlet, mirando calaveras,

cantando en la necrópolis estuve,

y demasiado tiempo me mantuve

alabando miradas y caderas.


Le he cantado a la luna cuando es hoz,

a la proximidad de las estrellas

lejanas, a lo grato y a lo atroz,


le he cantado al romance de los dos,

y cantándole a esas cosas bellas,

he escrito una canción que es para Dios.


Fecha: 02/02/2015

Estructura: Soneto clásico

Pablo Bejarano en 2015




Romeo sin Julieta

Esos fanales tuyos que parecen planetas,

esa boca de flor y sus dos hemisferios,

el bello corazón latiendo con dicterios,

las manos que cautivan la voz de los poetas,


ese cabello negro imitando cometas,

esas manos sutiles plagadas de misterios,

los suspiros venciendo mi orgullo y sus imperios,

la mirada que imanta a los anacoretas,


esos brazos perfectos que no me dan abrazos,

las quimeras de amor en donde yo no habito,

esas altas pestañas soñadas para ocasos,


este siempreteextraño que talla mis fracasos,

el brillante futuro donde todo está escrito

y no enviará Cupido hacia ti sus flechazos.


Esas blancas montañas que cruzan mi delirio,

esa límpida piel como sangre de invierno,

esos ósculos falsos que al pasar son infierno,

esos sueños distantes labrando mi martirio,


ese vaivén sensual que se volvió mi cirio,

esos ojos buscando mi voz en el cuaderno,

los volcanes posados en tu corpiño tierno,

los labios que copiaron su figura del lirio,


esa curva escabrosa que forma tu cintura,

esos cometas negros enmarcando tus ojos,

esos muslos ebúrneos de bella arquitectura,


ese río perfecto con caudal de ternura,

el abismo sublime de tus pétalos rojos,

esa nívea sonrisa de feliz catadura.


Estos dedos que cuentan sílabas en tu honor,

esas mejillas suaves pintadas con sonrojo,

la amarga margarita que por tu amor deshojo,

las columnas mostrando tu risa y su fulgor,


la perfección que tienes fomentando mi amor,

este sueño imposible punzante como abrojo,

esta pandemia triste que se lleva mi antojo,

esta acre soledad y mi terco dolor,


el ignoto ladrón de tu alma y tu suspiro,

las mariposas leves que no vuelan en ti,

las noches apagadas donde lloro y deliro,


la posible inocencia en la que yo me inspiro,

los poemas inéditos de verso baladí,

el caudal de tristeza que en tus lágrimas miro.


Este diario de amor que te asila en sus folios,

este triste Romeo que no tiene Julieta,

esos ósculos blandos convertidos en meta,

los sueños donde hace, la realidad, expolios,


las letras infinitas haciendo monopolios

en las páginas blancas que piden tu silueta,

los enigmas en ti por los que soy poeta,

los latidos que son tus cunas y mis solios,


esta cita de amigos que aumenta mi avidez,

esos tenues oteros debajo de tu espalda,

ese espíritu bueno manando candidez,


esa ambigua amalgama de experiencia y niñez,

tu estirpe de princesa sin ocupar guirnalda,

la albura inmaculada que gobierna tu tez.


Esos ojos y labios, ese negro cabello,

estos sueños nefastos, esta cruel soledad,

esas altas caderas, tu hermosa libertad,

estos versos cupídicos de trovador plebeyo,


esas pecas de ocaso y su rojo destello,

este ser camelado, esta triste amistad,

este oleaje en las manos, mi terrible ansiedad,

esta asidua memoria, este adiós sin resuello.


Tengo muchos motivios para amar tu grandeza

y profusas razones para emprender tu olvido:

el júbilo de verte, sin verte la tristeza.


Tengo muchas razones para amar tu belleza

y mil para borrar tus desaires bandidos,

pero millones para decirte: “mi princesa”.


Fecha: 31/01/2015

Estructura: Soneto alejandrino 

Pablo Bejarano en 2015




Ciudad Vieja

Ciudad Vieja, en el rastro de tu historia

se esconde la verdad de Guatemala,

y en el volcán que viste de mengala

el eco recurrente de tu gloria.


Las nubes se adormecen con su albura

sobre el templo de rostro inmaculado,

y el viento que camina desbocado

acaricia tu regia arquitectura.


Si admiro tu corona de volcanes

siento cómo galopan en mis venas

los versos que jamás serán inanes.


Siento cómo, en el cráter de mis dedos,

van naciendo metáforas serenas

que nunca utilizaron los aedos.


En tus cerros, parchados por las siembras,

germina diariamente la hermosura,

y en las noches de amor y de ternura,

el triunfo de “tus machos y tus hembras”.


Por tus campos de verde inacabable

se transforma el sudor del campesino

en río que galopa peregrino

como siguiendo un mar inalcanzable.


Extasiado por verte, cada día,

siento cómo en los prados de mi mente,

va creciendo una flor de poesía,


y cómo en el turpial de mi garganta

cobra vida un poema refulgente

que al salir se eterniza y se agiganta.


Oh, ciudad peregrina de los años,

constructora de asombro en nuestros ojos,

no consiguió el pasado y sus despojos

desvanecer la gloria de tu antaño.


No ha podido el silencio más profundo

enmudecer la voz de tus tambores

que anuncian, arropados por olores,

el paso de un cortejo pudibundo.


No podrá ni París ni Barcelona

deslucir la prosapia colonial

que en tus muros antiguos se aprisiona.


Y no podrá la danza de los sismos

destrozar, de tu templo angelical,

la gloria, con sus nuevos cataclismos.


Oh Ciudad Vieja, prístina ciudad,

cómo no amar tus grandes tradiciones

si en tu feria y tus bellas procesiones

respiramos amor y santidad,


si al recitar los veinticuatro diablos

nos dejan enseñanzas perdurables,

y miramos efigies venerables

oyendo al feligrés, en sus retablos.


Ciudad Vieja, recuerdo permanente,

quiero hacerte un poema que sea digno

de ti y tu arquitectura sorprendente,


que diga lo que siento cuando veo

tu templo inmaculado y me persigno

pensando en el creyente y el ateo.


Mi ciudad de pretéritas usanzas,

mi terruño con calles de ajedrez,

mi existencia de antes y después,

mi oasis oscilante, por sus dazas.


Oh mi vieja ciudad, mi Ciudad Vieja,

adorno del quetzal adormecido

que teje con barrancos su vestido

en que el celaje entero se refleja.


Deseo dibujarte en mi canción

con tus bailes de diablos y venados

y con tu Inmaculada Concepción.


Porque también soy hijo de Hunapú,

porque observo en mis párpados cerrados

la misma historia que divisas tú.


Fecha: No registrada

Estructura: Soneto de cuartetos independientes 

Premio: Primer lugar, juegos florales estudiantiles de Ciudad Vieja, 2025.

Pablo Bejarano en 2020
Parque Central de Ciudad Vieja 


Sangre de octubre

Yo traigo en las entrañas de mi ser

el cuerpo rutilante de la estrella

y la canción fugaz que la centella

entona cuando estamos por llover.


Yo traigo una mujer de piel astuta

que he desnudado introspectivamente

y traigo en los abismos de mi mente

un recuerdo feliz que siempre muta.


Traigo un antiguo y límpido color

con el que voy pintando, paso a paso,

un tramo más para mi triste vida,


una pirámide con esplendor,

y un sol que se desmaya en el ocaso

cuando la luna invade su guarida.


Yo, el hombre de cortejos y volcanes,

el de la catadura de poeta,

el que trae incrustada una saeta

dentro de un corazón ya sin afanes,


me veo extrañamente transitado

por la sangre que corre presurosa

entre mis venas con rubor de rosa

y entre mi corazón enamorado,


y me siento poblado por luceros,

por un lozano arbusto de albas flores

y un río de quimeras surrealistas,


por los rayos del sol, alabarderos,

por los días sangrando sinsabores

y un enjambre fatal de antagonistas.


Yo traigo agazapados en mis dedos

las falanges de versos que no he escrito

y traigo en mis palabras un proscrito

poema que revela nuestros miedos.


Yo traigo navegando en mis retinas

las montañas viajeras de la mar

y en mi alma que no sabe renunciar

los sueños de palomas peregrinas,


un naufragio de rimas siderales,

un éxodo de hormigas luchadoras

y los atlas fugaces bajo el sol,


un puñado de ocasos estivales,

mediodías que matan las auroras

y un mar en el sublime caracol.


Traigo el instinto tierno de ese perro

que se aleja de todo lo que quiere,

pues piensa que a sus amos ya no hiere 

si fenece marchándose al destierro.


Traigo en mi cuerpo el reino de Afrodita

y en mi mar el vigor de Poseidón,

en mis fanales el fulgor de Orión

y en mi fe al Jesús que resucita.


Yo traigo a la sutil Venus de Milo,

la leyenda gentil de Ixmucané

y el misterio infeliz de Xibalbá.


También traigo un estambre y un pistilo,

a Cabral, a Serrat —por quien canté—

y la historia genial de Alí Babá.


Traigo el eco, en mi voz, de mil poemas

que rompen los cristales del rencor

y en mi bolígrafo un caudal de amor

que unifica a Erato y los grafemas.


Traigo lo mágico de los luceros

que se juntan estando a gran distancia,

traigo de los claveles la fragancia,

y, de los tropos, todos sus esteros.


Tengo un páramo, un bosque y un estío,

a mi padre, mi madre, a un buen hermano

y el ensueño de todo trovador.


Yo traigo mi libérrimo albedrío

que grita por el pueblo americano

cegado por la hambruna y el dolor.


Traigo dentro en mi alma lo que amo:

un sueño que se aloja en Boyacá,

un espejo azulino en Sololá

y un lirio que es cortado sin reclamo.


En mí traigo el dolor de los expósitos,

lo vil del holocausto de Jesús,

un ósculo en la ausencia de la luz

y un año nuevo lleno de propósitos.


Yo traigo en mis adentros todo el mundo,

su belleza, su edén y sus cadenas

y la estera verdosa que lo cubre.


Traigo un alma y un sueño de errabundo,

y sobre todo traigo entre mis venas

un río en el que va sangre de octubre.


Fecha: No registrada

Estructura: Soneto de cuartetos independientes 

Premio: Primer lugar en Juegos Florales de Estanzuela, Zacapa, 2024

Pablo Bejarano en 2015


Guatemala I

¡Salve, patria querida; salve, mi Guatemala!

Deseo que tu nombre vaya henchido de paz

junto a la libertad que no muere jamás

y vuela cual quetzal en la más alta escala.


Quiero hacer en tu nombre poéticas empresas

y defenderte siempre de internos enemigos,

donde sean mis versos los únicos testigos

de tus días de tedio, de llanto y de tristeza.


Deseo disipar la maldad que te abruma,

borrarla eternamente de todos tus recuerdos,

y tu paisaje, así, quede libre de bruma.


Deseo enviar mi luz al manto tenebroso

que ofusca tu belleza con tiranos y lerdos,

para mirar tu cuerpo de nuevo fulguroso.


Deseo, Guatemala, mi Guatemala amada,

curarte las tristezas del pobre corazón,

decir que malherida está mi inspiración

por ver sobre tu tierra la paz desbaratada.


Deseo, Guatemala, pelear como el guerrero

que la tristeza ajena le duele como suya,

y decirte "yo soy el soñador que arrulla

tu alegría en su pluma de quetzal y trovero".


Quiero decirte, Patria, que veo en tu bandera

una nube partiendo el celaje azulino,

sirviendo de corona para tu primavera.


Quiero decirte, Patria, que estás en mi pasado,

estás en mi presente y estás en mi destino

como huella de amor que se ha petrificado.


Tienes en tus volcanes la fuerza natural

que nos hace luchar, con todo nuestro empeño,

por alcanzar la gloria de realizar un sueño

libertario y volátil, como el verde quetzal.


Tienes en tu horizonte, distante y quebrantado,

la eternidad que calma la sed de mis retinas

y la fuerza incansable de manos campesinas

trabajando tu campo ubérrimo y sagrado.


En el cielo poblando tu zigzagueante mapa

un millar de banderas, en noble procesión,

venerando el septiembre que ya no se agazapa.


Posees en tus mares las olas de belleza

que llevan en su lomo toda la inspiración

de los bardos que cantan con profusa destreza.


Tus hermosas pirámides nos relatan la historia

extasiante y gloriosa de tu bello pasado,

y en tus piedras grisáceas y en tu muro tallado

podemos recordar tu esplendor y tu gloria.


En tus verdes y grandes y frescas cordilleras

que serpentean libres en tu espalda sutil,

es posible observar el perfecto perfil

que han tallado los siglos y han tallado las eras.


En tus pueblos, derroche de ocasos y güipiles,

que han sido coloreados con la hermosa pintura

de millones de flores y sufridos textiles,


veo, patria querida, mi verso alejandrino,

mi rima consonante y la blanca escultura

que adorna la mirada del viejo peregrino.


La rosa de mi musa pienso despetalar

para luego tejer un collar de palabras

que se pose en las piedras donde miras y labras

las estelas que son aptas para admirar.


Me llevaré el encanto del quetzal y los ríos

que recorren tu cuerpo armados de belleza, 

tomaré de tus aves su trino y su pureza

y gastaré mis ojos mirando tus estíos.


De tu ceiba hurtaré sus brazos y su arte

para abrazar el viento con idilio frondoso,

para abrazarte fuerte y nunca más soltarte,


y hurtaré del teclado de la vieja marimba,

el sonido silvestre, alegre y melodioso,

que ponga en tus oídos la voz de la guarimba.


Guatemala, planeta de encanto y de fortuna,

que anidas en el pecho del jilguero terrestre,

quiero ver la galaxia de tu encanto silvestre

retratando en su faz el rostro de la luna.


Guatemala, reflejo del Edén en la tierra,

que duermes en la bella corona de naciones,

quiero escuchar por siempre el río de canciones

nacido de lo verde y lo alto de tu sierra.


Guatemala, poema sin versos y con playas,

deseo recitar los versos de tus mares,

las rimas silenciosas de tus estelas mayas.


Oh, Guatemala, amor eterno de mi vida,

vida que hace perpetuo mi amor sin avatares,

te quiero con la anchura del verso sin medida.


Te quiero con la fuerza del valiente Tecún,

adalid eminente, adalid aguerrido,

te quiero con el verde y profundo sonido

de la cueva portátil que tiene adentro el tun.


Con la húmeda fe que alambica el invierno

y anuncia la Cuaresma y la Semana Santa,

te quiero de Iximché a Tikal y a la Danta,

de La Antigua barroca, al lago sempiterno.


Porque eres, Guatemala, perla de primavera,

la sucursal del cielo en el centro del mundo

y un madrigal escrito con voz de cordillera,


un prisma que destella fulgores y matices,

por eso entonaré con mi timbre jocundo

el canto ahora escrito, raíz de mis raíces.


Te ofrezco, Guatemala, mi poema campero

que adormece en sus letras el pesar melancólico

que padece tu pueblo de espíritu bucólico

cuando siembra y cosecha fiascos para su esmero.


Te ofrezco, Guatemala, mi numen, mi poema

y todas las metáforas que alaban a Natura, 

por haber colocado en tu suave figura

un soneto boscoso, grafema por grafema.


Te doy todos mis versos para que los coloques

donde pones los versos, regalos de tu hijo,

te doy mis ojos tristes para que te desboques


con toda tu belleza en ellos, patria mía;

te regalo mi vida, te doy mi regocijo,

tu nombre convertido en magia y poesía.


Fecha: 24/09/2014

Estructura: Soneto alejandrino

Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Estanzuela, Zacapa, 2019

Poeta Pablo Bejarano
Pablo Bejarano en 2015,
Sumpango, Sacatepéquez. 


Sencillez

Tengo el recuerdo de la pluma extinta

que erupcionó un enjambre de poemas

y bordó con sublime y negra tinta

mi dolor, entre folios y grafemas.


Tengo dos cielos blancos habitados

con sueños convertidos en canción

y poseo sonetos coronados

con un brillo sutil de inspiración.


Yo le canto a la luna que en su viaje

desdibuja fronteras y rencores

mientras viste de brillos el paisaje,


al sangriento desmayo que en el cielo

inventa con las nubes nuevas flores

imitando el jardín de nuestro suelo.


No tengo una morada, sí un planeta,

tampoco tengo un techo, tengo un cielo,

que con brillo viajero de cometa

le dibuja pestañas al desvelo.


Poseo un arsenal de nuevas risas

que ayudan a salvarnos de maldades,

un conjunto de églogas concisas

que llenan mis silentes oquedades.


Dos perlas incrustadas en mi faz,

en mi boca un collar níveo de hadas

y en mi alma un río diáfano de paz.


Tengo fortunas y no tengo oro,

por eso mis ideas son sagradas

y escucho, de los ángeles, el coro.


Poseo el patrimonio más valioso

porque tengo personas a mi vera,

los versos de un poema primoroso

y un país de perpetua primavera.


Poseo un aeropuerto para musas

en mi mente que siempre está esperando

el río de las églogas profusas

siempre presentes cuando estoy llorando.


Tengo una bicicleta peregrina

que derroca a mi triste soledad

con su trotar de luna alabastrina


y también tres volcanes colosales,

la más grande y valiosa libertad

corriendo por mis venas a raudales.


Tengo muchos caminos por andar

descubriendo montañas, viendo el río,

observando los brazos de la mar

y los lirios lozanos del estío.


Tengo el pan necesario en las mañanas

para vencer la hambruna que me aqueja

forjado en las acérrimas entrañas

del padre que me adora y me aconseja,


las noches consagradas a mi vida

para leer los libros más preciados

que me dejan el alma estremecida,


también una ilusión de vano amor

que se nutre de llantos desbocados,

de angustia, de tristeza y de dolor.


Tengo el viento rozando mis cabellos,

las nubes como témperas de ocaso,

la sangre celestial de los plebeyos

y la alquimia final para el fracaso.


Tengo un desfile mágico de instantes

amorosos, felices y confusos,

un puñado de versos que boyantes

han quedado en mis páginas, reclusos.


Lo que tengo me da felicidad,

lo que me falta en cambio da ufanía,

por eso yo poseo libertad,


y por eso es que soy hombre dichoso,

porque encuentro a mi paso, cada día,

un paisaje perínclito y hermoso.


Tengo el sol con sus ríos incendiados,

los ríos con sus soles diluidos

que opacan los diamantes codiciados

y también los rubíes más queridos.


Si formo con las nubes romerías

que vuelan por el cielo con su gracia,

para qué quiero las bisuterías

si no traen más cosa que desgracia,


para qué los joyeles donde el oro

imitar no consigue al girasol

por mucho que lo intente, con decoro,


para qué las mansiones más suntuosas,

si voy a estar aislado como el sol,

alejado del mar y de las rosas.

 

Yo me rehúso a ser un prisionero,

ya no quiero vivir con fatuidad,

en un mundo repleto de dinero

donde todo es rencor y soledad.


Cuando hay cosas sencillas y complejas,

las complejas deslumbran la mirada,

porque ellas nos cautivan en las rejas

del oro, prometiendo que la amada


en nosotros pondrá sus ambiciones.

Yo tengo propagadas en mi mente

las rimas que entretejen ilusiones.


Poseo los consejos que he leído

en un libro de pasta casi ausente,

dichos por el maestro más querido.


Tengo un íngrimo y pulcro corazón

que dice, en clave morse, "sigo vivo", 

y alimenta mi musa y mi ilusión

y mata mi deseo subversivo.


Tengo el bosque poblado por horneros,

la pluma que ha bordado madrigales,

un conjunto de viejos cancioneros

imitando el trinar de los turpiales.


También tengo la mágica alegría,

superior a la muerte y la tristeza,

un estribillo eterno en la elegía,


los restos de mi vieja soledad,

un destello borroso en mi destreza

y todo lo que da tranquilidad.


Poseo dos cascadas sobre mí

cuando los sueños vanos se diluyen,

el Parnaso llamado baladí

por aquellos que símbolos no intuyen.


El viento fusilando mis ventanas,

la hojarasca que huérfana de vida

va cantando las penas cotidianas

del alma maltratada y abatida,


el correr de libérrimos ideales

que marchan por los mismos derroteros

donde vuelan, exentos, los quetzales.


Teniendo tantas cosas, mi humildad

no ha caído en barrancos altaneros

que provoquen su muerte, sin piedad.


Esto forma, lectores, mi fortuna,

la que no es aparente, sino es real,

la que obtuve mirando hacia la luna

y tocando el helado vendaval.


Yo poseo un tesoro en la pobreza

porque tengo un hermano y tengo un hijo

y a aquel que un día dijo: "la riqueza

sólo está donde existe el regocijo",


y también una lid contra el momento

que se va, como río cuesta abajo,

y la estrella tapada por el viento,


los reinos de Natura y Salamanca,

la campana que mece su badajo

y el hombre descubriendo la palanca.


Si poseo las lluvias de septiembre,

la tórrida naranja del estío,

los vientos alfareros de noviembre

y diciembre con bálsamos de frío.


Teniendo las alfombras del otoño,

el rubor de la nieve en los volcanes,

lo trémulo de un ósculo bisoño,

la hermosura fatal de los afanes,


de qué puede servirme la fortuna

o una clase social poblando nubes,

si no puedo bañarme con la luna,


para qué voy a ir tras la moneda

si mi exilian del cielo los querubes

y me pudro fundido con la seda.


Con la simplicidad de nuestra vida

pude ver el valor de lo trivial,

supe que la fortuna está tendida

en el río, en la jungla y el erial,


y el dinero genera los prejuicios

que infectan al humano de ambición,

y el dinero es causante de los vicios

que pudren el más noble corazón.


Por eso ofrendo a Dios mi gratitud:

por haberme brindado en cada instante,

de riquezas sencillas, un alud,


también por regalarme sensatez

y la dicha de hacer un desbordante

canto de poesía y sencillez.


Fecha: 08/11/2014

Estructura: Soneto de cuartetos independientes 

Premio: Segundo lugar en los Juegos Florales de Salamá, Baja Verapaz, 2019

Pablo Bejarano en 2014


Epístola del futuro

El Señor con sus manos de alfarero

edificó calladamente el mundo

que vuela por el Cosmos moribundo

cual si fuera galáctico jilguero.


A este callado y pálido viajero

de altos volcanes y de mar profundo,

le regalo mi cántico fecundo 

de numen imborrable y lisonjero.


¡Oh planeta, lunar de otro celaje!

Eras tú el paraíso, la morada

de la fauna sedienta de boscaje,


pero tus hijos como mercenarios

maltrataron tu faz inmaculada,

pensando únicamente en los erarios.


¿Qué sucedió con el inquieto mar

que edificaba dunas cristalinas

y reflejaba estrellas diamantinas

y le dictaba versos al juglar?


¿En dónde está el espejo que, sin par,

desdibujando nubes peregrinas

hizo fiestas boyantes para ondinas,

y bordó con los peces un collar?


¡Ah, mar, eterno canto inmaculado!

El hombre ha utilizado tu aposento

para lanzar sus sobras, y ha dejado


como sol sin ecúmene a tus peces

que perdieron el agua y el aliento

a pesar de los ruegos y las preces.


El glauco en profusión de los follajes

que se hallaba de pájaros repletos

y cual astros cetrinos y coquetos

adornaban la faz de los pasajes,


extinguióse al morirse los boscajes

que recuerdo escribiendo mis sonetos

y adornaron con ceibas y cafetos

la desértica piel de los paisajes,


porque les chamuscaron las pestañas,

como diría un hombre en su novela,

en donde reveló cosas extrañas.


Ah, mis árboles glaucos y lozanos,

su crepúsculo obscuro es la secuela

de los actos injustos e inhumanos.


Los ríos cristalinos y premiosos

que formaban acuosas procesiones

o quizás diluidas emociones

moviendo sus caudales primorosos,


ahora son sepelios tenebrosos 

por las diarias y negras poluciones

que tiñen con tristeza y decepciones

sus cabellos brillantes y copiosos.


Del sistema sanguíneo de la tierra

sólo quedan los cauces cual señales 

de la vida que muere por la guerra.


Quisiera vislumbrarlos nuevamente 

galopando con límpidos raudales

ajenos al humano impertinente.


El estandarte azul que presumía 

un collar infinito de bajeles,

no ha vuelto a presumirnos los joyeles 

con los que diariamente se vestía.


Cambió su vespertina orfebrería 

por el traje de smog que los pinceles 

del hombre van pintando con las hieles

derramadas y escritas, día a día.


¡Oh párpado celeste de la tierra!,

tú también sucumbiste ante el humano

que vive solamente por la guerra.


En ti también cayó la lobreguez

que te viste de tétrico pantano,

más hondo y más oscuro cada vez.


El viento que volaba presuroso

como el hálito efímero de Dios 

sintió en su ser la polución atroz 

que provocaba el hombre tenebroso.


Ahora el colibrí, sin alborozo,

como estrella perdida vuela en pos

de la luz que fugándose veloz

nos abisma en el cielo penumbroso,


porque el hombre mató de la Natura 

la bucólica estera primorosa

actuando como otario: sin cordura.


Y la tierra al perder el estoicismo,

perdió también los pétalos de rosa

y se hundió en el sopor del cataclismo.


Nuestro mundo es ahora otro Neptuno,

sin junglas, sin océanos ni animales;

no es nada como en tiempos ancestrales,

ya no existe el edén del siglo uno.


Aquel hermoso mundo, cual ninguno,

que tenía bellezas siderales,

padeció poluciones criminales

en el momento más inoportuno.


Los robots de intelecto sobrehumano,

los castillos que llegan a la luna,

junto al conocimiento cotidiano,


marchitan la belleza de la tierra,

y dejan a sus vástagos sin cuna,

en un mundo al que el óbito se aferra.


Quiero enviar a la gente inmaculada 

que aún habita límpido planeta

los versos moribundos del poeta

que vive en una tierra maltratada.


Enviar quiero mi epístola indignada

al ayer, cual mensaje de profeta,

para salvar el astro anacoreta

que en su tiempo no tiene maltratada


la cara de sublime paraíso,

porque no existe humano petulante

que gaste más allá de lo preciso.


Quiero mandar mi epístola pidiente

para ver el paisaje rutilante 

en su tiempo, en el nuestro, ¡eternamente!


Fecha: 07/05/2014

Estructura: Soneto 

Premio: Primer lugar en los Juegos Florales de La Democracia, Escuintla, 2018. (Compartido con otro poema)

Pablo Bejarano en 2014,
Santa Catarina Barahona. 


Imitando el pasado

Miedosas y esporádicas las aldeas rurales

lograron apartarse del hostil modernismo,

porque el hombre ambicioso, por epicureísmo,

edificó metrópolis sin paz, sin arrabales.


Las maldades del hombre, que fueron colosales,

pusieron el encono encima del altruismo

y el humano cayó allende el narcisismo

y se olvidó por siempre de los actos morales.


El hombre tejió llamas en todos los boscajes

y se bebió la mar en sorbos sorprendentes,

pintó color de plomo los dorados celajes


y declaró, por oro, cruentas conflagraciones

que trajeron suplicios perpetuos, inminentes,

en los inmaculados y blandos corazones.


Las mujeres vendieron su cuerpo en lenocinios

y fingieron amor vestido de añoranza.

En todas las ciudades veían como usanza

las muertes, los estupros, también los latrocinios.


El hombre perpetró atroces exterminios

contra la flora y fauna que daban esperanza

y ahora sólo quedan en nuestra remembranza

dibujando un pasado viudo de vaticinios.


Cometieron vejámenes y tuvieron furor

edificando así un atroz universo

do nadie recordaba la bondad y el pudor


y todo parecía un acre lupanar,

un infierno perpetuo, un castillo perverso,

al que la tiranía no pensaba abdicar.


Fue entonces que Natura y el Señor, indignados,

optaron por limpiar lo espantoso del mundo,

haciendo del humano un ángel pudibundo,

exento de sofismas y recuerdos malvados.


Hubo pocos humanos por ellos perdonados

al tener un espíritu que latía infecundo

de pensamientos malos y encono tremebundo 

que haría de este orbe, un orbe desgraciado.


Afloró nuevamente la vida primitiva

cuando se marchitó la ciudad inclemente 

gracias a la Natura de mano combativa


y a todos los humanos que habían subsistido

con la risa en los labios brillando nuevamente,

sin la modernidad que los había herido.


Las selvas constelaron de nuevo continentes

y los mares profusos nuevamente fluyeron,

los impolutos ríos con rapidez corrieron

por las glaucas estepas, con límpidos torrentes.


Los bellos animales vivieron adyacentes 

a las verdes montañas en donde guarecieron 

cuando los verdes árboles de nuevo florecieron

con sus frescos, acérrimos y lozanos simientes.


Todo fue otra vez un arrobante edén 

cuando el mundo vivió el hermoso reinicio

que lo hizo marchar por un novel andén.


El hombre botarete ya no reinaba más,

ahora gobernaba un cerebro propicio

que andaba de la mano del amor y la paz.


Pasó el tiempo y el hombre pudo retroceder,

dejando de vivir en completa anarquía,

ya no hizo del júbilo una horrible utopía

y la felicidad no dejó perecer.


Y todo nuestro mundo de nuevo pudo ser

el universo donde reinó la poesía,

la prosa cadenciosa y la filosofía 

para cantarle al viento, al río y la mujer.


Era conmovedor y tierno escudriñar 

el árbol como enseña de la bondad humana 

tiritando a lo lejos como oleaje de mar


y observar los océanos, bellos y acariciados

con manos transparentes de danza cotidiana 

provocando volcanes fugaces y azulados.


Era conmovedor ver cómo se acendraban

los nimbos y los cúmulos de rostro alabastrino

y poder percibir de las aves el trino

que viajaba, como ellas aleteando viajaban.


Ver los ríos premiosos cómo se deslizaban 

con figura de crótalo hermoso y peregrino

y ver que en el aljibe un viejo campesino

sentía que los sueños de nuevo regresaban.


El ambiente bucólico resultaba perfecto 

para cantarle al fin a la estrella coqueta

el sentimiento onírico de un anciano insurrecto


y escribirles parvadas tiernas de madrigales,

juntando el estro eterno del eterno poeta

a las ceibas, los cedros, los pinos y nogales.


El mundo caminaba rumbo a la perfección 

no había gente rica ni gente pobre había

porque lo que afloraba era filantropía 

en cada ser humano, en cada corazón.


Pero luego un inicuo y nocivo aluvión

de ideas inmorales y falsa valentía,

crearon en el hombre la atroz cicatería,

las ansias de poder, el alma de patrón


y el planeta tomó otra vez la tendencia

de aquella pervertida era de vejaciones

que por desobediente miró su decadencia


y ofendieron la muestra de amor y de bondad

que Dios les concedió, según sus intenciones,

para que abandonaran su inútil fatuidad.


Aunque la paz cetrina era la emperatriz 

de aquel inmaculado y sorprendente mundo,

el amor celestial, el amor pudibundo,

volvió a sentir dañada su bendita raíz.


El humano extravió su arcoíris feliz 

cuando su corazón volvióse a ver fecundo

por el comportamiento lacerante e inmundo

que cambió de la tierra el boyante cariz.


Hizo que las ciudades de inmensa latitud,

aquellas poseedoras de un áspero semblante,

resucitaran como grisáceo y pétreo alud


y que la tiranía en la psiquis humana

resurgiera también de forma semejante 

a la de la macabra era antediluviana.


Ahora, nuevamente, asesinan los ríos

y convierten las junglas en terribles eriales,

porque están construyendo ciudades colosales

igual que hace millones y millones de estíos.


Para satisfacer sus profusos hastíos

volvieron a cazar inermes animales

y emulan de esa forma los actos ancestrales

de aquellos hombres necios, inconscientes e impíos.


Dios, apesadumbrado y con llanto, vislumbra 

que cometiendo ahora los antiguos errores

la gente queda inmersa en su propia penumbra


y ve con ojos tristes que el mismo resultado 

de hace años opaca las aves y las flores

porque por la maldad la paz ha terminado.


Por eso es necesario, hermano, enderezar 

la mala dirección de este triste camino

que deja nuestro mundo ajado y mortecino,

sin selvas, sin oteros, sin vegas y sin mar.


Porque si la Natura decide castigar 

y conspirar unida al Monarca Divino

sufriremos también el trágico destino

que acabó con el hombre sediento de lucrar.


Vivamos armoniosos respetando a Natura,

sin guerras, sin encono entre amigos y hermanos 

obedeciendo siempre la voz de la cordura.


Quizás así acabemos con nuestro sufrimiento

o, al menos, descifremos los tétricos arcanos

de esta vida que dura lo que dura un momento.


Fecha: 29/11/2013

Estructura: Soneto alejandrino 

Premio: Primer lugar en los Juegos Florales de La Democracia, Escuintla, 2018. (Compartido con otro poema)

Pablo Bejarano en 2013


Besos al ocaso

Yo te ofrezco mi existencia,

mis segundos, mis minutos, 

mi cordura, mi demencia,

mis desiertos y mis frutos,


con el fin de patentar 

tu sonrisa para mí,

con el fin de idolatrar

tus montañas carmesí.


Te prometo que mi amor

llegará por tu ventana

con su paz y su esplendor

a alumbrarte la mañana,


solamente si me das

la virtud de tu sonrisa,

tus ojos que brindan paz

y distorsionan la brisa.


Yo te prometo el estío

por la tarde, al escampar,

te lo ofrezco como el río

de beber le ofrece al mar,


mas te pido que me pagues 

con tu risa encantadora

y mis celajes halagues

con tu mirada de aurora.


Yo te regalo mi vida

y mis noches sin tristeza,

te doy mi alma conmovida

por tu gracia y tu belleza,


mas te pido, eternamente,

una canción y un abrazo,

que me otorgues un torrente

de tus besos, al ocaso.


Fecha: 06/08/2015

Estructura: cuarteta

Pablo Bejarano en 2015




Cuando muere la esperanza

Si tú sintieras estas cosas bellas que siento cuando el sol se debilita, si tú también miraras las estrellas pensando que mi nombre ahí levi...